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La cuarta entrega de la saga de rol y acción será más oscura que la anterior: una vuelta a las raíces más crudas del Diablo original.
Diablo 4 está en camino y aún queda mucho que machacar. El siguiente juego de la popularísima franquicia de Blizzard se presentó hace ya bastante tiempo, y su lanzamiento está cada vez más cerca.
Al principio tenía miedo, estaba petrificado: no dejaba de pensar «¿cómo podrá Respawn superar su extraordinario Star Wars Jedi: Fallen Order?». Pero luego pasé tantas noches jugando a la secuela descubriendo cómo lo habían conseguido, Cal Kestis se hizo fuerte y aprendí a llevarme bien con él. Y ahora estamos de vuelta, en el espacio exterior… vale, vale, ¡no os vayáis! Ya paro. Lo importante es que, con unas opciones de combate enormemente ampliadas, mapas más grandes y abiertos, muchísimas más habilidades con las que jugar y suficientes coleccionables para llenar un carguero corelliano, Star Wars Jedi: Survivor es en muchos sentidos el Batman: Arkham City del Arkham Asylum que era Fallen Order. Y, al igual que hicieron los Arkham con Batman, nada más consigue plasmar de forma tan convincente lo que es jugar como usuario de la Fuerza.
Tras los excelentes remakes de Resident Evil 2 y 3 lanzados en 2019 y 2020, parecía una apuesta segura que Capcom haría un trabajo igual de admirable al reconstruir Resident Evil 4. Aun así, cuando pulsé el botón de inicio en este remake de 2023 del legendario juego de acción y terror de 2005, no estaba preparado para la fuerza con la que me haría flaquear las rodillas y me lanzaría de cabeza a 16 horas de tensión y euforia constantes. Esta campaña completamente revitalizada supera de forma espectacular al original en casi todos los aspectos imaginables. Su escenario en la campiña española es mucho más siniestro, su ritmo se ha ajustado hasta el punto de que apenas se desperdicia un minuto y sus controles se han modernizado para que sus características mecánicas de disparo dinámico brillen de verdad. Llevo 18 años esperando un juego que me emocione igual que Resident Evil 4; resulta que todo este tiempo lo que esperaba era otro Resident Evil 4.
Olvidaos de los numerosos necromorfos, de los torsos torturados que brotan de las paredes o del aterrador y gigantesco esfínter espacial: lo que más miedo me daba al empezar el remake de Dead Space era que no estuviera a la altura de mis gratos recuerdos del fantásticamente terrorífico original de 2008. Tras algo más de 12 horas recorriendo la renovada USG Ishimura, me alegra decir que, de las muchas cosas que dan auténtico miedo en este casco espacial encantado, esa no era una de ellas. Este nuevo Dead Space mejora el original en casi todos los sentidos: usa un cortador de plasma para dejar en la sala de montaje sus apéndices más feos, conserva la esencia de lo que hacía tan especiales sus disparos, basados como ningún otro en el desmembramiento, e injerta nuevos y bienvenidos detalles de los personajes para presentar su inquietante historia de terror y ciencia ficción bajo su mejor luz y entre sus sombras más intimidantes.
Desde el primer bocinazo de la icónica sirena de cuenta atrás de la saga, hay momentos en Gran Turismo 7 en los que casi parece un remake del original de 1997. En un instante vuelvo a tener 16 años y estoy metiendo turbos atronadores en un Mitsubishi GTO rojo brillante, preguntándome cómo voy a ganar a mi padre en Trial Mountain cuando él siempre se queda el DualShock y yo tengo que conformarme con el único otro mando que teníamos: un horrible mando genérico azul translúcido sin sticks analógicos. Esa es una magia que una saga de videojuegos no puede comprar; solo puede ganársela. Gran Turismo 7 tiene esa magia: ese ciclo adictivo de mejora de coches que estableció la saga, además de un aspecto espectacular y un manejo excelente que lo respaldan. Pero Gran Turismo 7 es mucho más que la suma de su nostalgia, aunque todavía mantiene algunas tradiciones que debería haber dejado en el retrovisor.