Desde el primer puñetazo, Sifu es absolutamente intransigente en su diseño. El último beat 'em up de artes marciales de Sloclap, la desarrolladora de Absolver, es audaz: su combate es exquisito, su animación de primer nivel, su música sobresaliente y su historia, aunque muy sencilla, es conmovedora y está narrada con elegancia. También es implacable y no pide disculpas, con momentos frustrantes en los que, desde luego, no estaba en mi zona de confort. Pero al final, Sifu me dio una sensación de dominio y logro casi incomparable, y no me imagino que lo hubiera disfrutado ni la mitad si se hubiera contenido.
En las 87 horas que tardé en terminar Elden Ring, pasé por una auténtica montaña rusa de emociones: rabia cuando me machacaban sus retos más duros, euforia cuando por fin los superaba y bastante pena por las montañas de experiencia que perdí por el camino ante algunos de los jefes más duros que FromSoftware ha concebido jamás. Pero, por encima de todo, estuve casi constantemente asombrado: por las muchas vistas que quitan el aliento, por la inmensa escala de un mundo enorme, por unos enemigos a menudo angustiosos y por la forma en que Elden Ring casi siempre recompensaba mi curiosidad con un encuentro interesante, una recompensa valiosa o algo aún mejor. FromSoftware recoge el testigo que The Legend of Zelda: Breath of the Wild puso en marcha y sale corriendo con él: crea un mundo abierto fascinante y denso centrado ante todo en la libertad y la exploración, y a la vez consigue entretejer sin costuras un Dark Souls completo en medio de él. No debería sorprender a nadie que Elden Ring haya acabado siendo una de las experiencias de juego más inolvidables que he tenido.