Desde el primer puñetazo, Sifu es absolutamente intransigente en su diseño. El último beat 'em up de artes marciales de Sloclap, la desarrolladora de Absolver, es audaz: su combate es exquisito, su animación de primer nivel, su música sobresaliente y su historia, aunque muy sencilla, es conmovedora y está narrada con elegancia. También es implacable y no pide disculpas, con momentos frustrantes en los que, desde luego, no estaba en mi zona de confort. Pero al final, Sifu me dio una sensación de dominio y logro casi incomparable, y no me imagino que lo hubiera disfrutado ni la mitad si se hubiera contenido.
Las secuelas de éxito se apoyan en sus predecesoras de muchas maneras: pensemos en Mass Effect 2, Assassin's Creed 2 y Uncharted 2. Todas mejoran lo anterior con nuevas y emocionantes mecánicas de juego, desarrollan a los personajes mediante historias absorbentes y cambian el diseño de las misiones para ofrecer variedad. Dicho de otro modo, toman una base sólida y la combinan con nuevos elementos para crear enlaces más avanzados, como una aleación… o, en este caso, una Aloy. Horizon Forbidden West lo hace con aplomo: se apoya en los ya impresionantes cimientos de Horizon Zero Dawn (2017) para contar una historia trepidante llena del conocido combate explosivo contra elaborados enemigos robóticos y de secuencias de acción de superproducción, pero además añade al mapa asentamientos al estilo de The Witcher y lo llena de grandes misiones secundarias. Hay una auténtica sensación de exploración y montones de trasfondo totalmente absorbente por descubrir detrás de todo ello. El resultado es un fantástico juego de acción y aventura de mundo abierto que, pese a caer en un par de sus viejos vicios, cumple con creces las promesas de hace cinco años.
En las 87 horas que tardé en terminar Elden Ring, pasé por una auténtica montaña rusa de emociones: rabia cuando me machacaban sus retos más duros, euforia cuando por fin los superaba y bastante pena por las montañas de experiencia que perdí por el camino ante algunos de los jefes más duros que FromSoftware ha concebido jamás. Pero, por encima de todo, estuve casi constantemente asombrado: por las muchas vistas que quitan el aliento, por la inmensa escala de un mundo enorme, por unos enemigos a menudo angustiosos y por la forma en que Elden Ring casi siempre recompensaba mi curiosidad con un encuentro interesante, una recompensa valiosa o algo aún mejor. FromSoftware recoge el testigo que The Legend of Zelda: Breath of the Wild puso en marcha y sale corriendo con él: crea un mundo abierto fascinante y denso centrado ante todo en la libertad y la exploración, y a la vez consigue entretejer sin costuras un Dark Souls completo en medio de él. No debería sorprender a nadie que Elden Ring haya acabado siendo una de las experiencias de juego más inolvidables que he tenido.
Desde el primer bocinazo de la icónica sirena de cuenta atrás de la saga, hay momentos en Gran Turismo 7 en los que casi parece un remake del original de 1997. En un instante vuelvo a tener 16 años y estoy metiendo turbos atronadores en un Mitsubishi GTO rojo brillante, preguntándome cómo voy a ganar a mi padre en Trial Mountain cuando él siempre se queda el DualShock y yo tengo que conformarme con el único otro mando que teníamos: un horrible mando genérico azul translúcido sin sticks analógicos. Esa es una magia que una saga de videojuegos no puede comprar; solo puede ganársela. Gran Turismo 7 tiene esa magia: ese ciclo adictivo de mejora de coches que estableció la saga, además de un aspecto espectacular y un manejo excelente que lo respaldan. Pero Gran Turismo 7 es mucho más que la suma de su nostalgia, aunque todavía mantiene algunas tradiciones que debería haber dejado en el retrovisor.